Mi primera vez (en ballet)

Yo sé que Colombia tiene una vida cultural movida e interesante. Sé que en Bogotá y en Medellín hay un montón de actividades y presentaciones no solo de la escena artística nacional sino mundial: festivales de teatro, temporadas de ópera, presentaciones de ballet, conciertos de muchos géneros. Sé que hay (o al menos había hace unos años, puede que ya no) una que otra emisora que pone musica clásica. Pero personalmente confieso que en mi cotidianidad estuve cero expuesta a expresiones artísticas como el ballet. O la ópera. Lo más cercano que he estado al ballet es que durante la universidad una amiga de la carrera contaba que desde hace años tomaba clases en una escuela famosa de la ciudad. Lo más cercano que estuve a la ópera eran los comerciales que presentaban en CineColombia sobre versiones en HD de las obras en temporada en Nueva York (siempre pensaba que me tenía que ir a verlas, pero al final nunca le sacaba el tiempo).

¿Qué puedo decir? Mi entorno siempre fue muy criollo y muy pop. En general cosas como la ópera o el ballet me parecían (y me siguen pareciendo) muy distantes y desconocidas, antiguas, exóticas (sí, exóticas), llenas de una estética y un contexto histórico que pertenece a otros mundos y a otras épocas. Nadie que yo conociera era un enamorado devoto de ninguna de las dos, alguien que contara casualmente lo que iba pasando en la escena contemporánea o discutiera versiones de obras como a veces uno discute la adaptación de algún libro en una película. Me parecían alta cultura, medio inalcanzable, de la que tienen solo en Europa y Nueva York y los hacen a ellos como más cultos que al resto. Toda una bella colección de prejuicios y estereotipos, yo sé. Montañerada, podría decirse. De todas formas, confieso que eso es lo que lo que me venía a esta cabeza pereirana mía.

Y luego me vine a estudiar acá a Suecia. Visitar cualquier ciudad de por acá siempre incluye pasar por el frente de la casa de la ópera local, muchas veces bellas edificaciones con muchos siglos de tradición artística. Por dentro me sentía intimidada (¿qué rayos pasaría dentro y sobre sus tarimas?). La semana pasada mi vecina del corredor me dijo que había visto unos tiquetes con descuento de estudiante para una presentación de ballet en la antigua casa de la ópera de Copenhagen. Diez euros el tiquete un martes en la noche, y un breve tren de 45 minutos para llegar hasta allá. ¿Me gustaría ir? Claro que sí.

Anoche nos encontramos para ir a la presentación y en el camino fue muy bonito conversar sobre cómo en su casa les encanta el ballet y tratan de ir con su mamá cada que pueden, muchas veces espontáneamente cuando descubren tiquetes disponibles para una presentación de ese mismo día. La oferta es grandísima en su Helsinki natal y hace parte de las opciones que están siempre a la mano. En su familia cada uno tiene sus obras favoritas, sabe los movimientos de baile más representativos y difíciles así como las obras que los incluyen, y aprecian las sutilezas de todas las adaptaciones. Es posible que ella no sea una muestra representativa de su país o de toda Escandinavia, pero me pareció maravilloso ver la naturalidad con la que ella se relacionaba con algo como el ballet. No era algo para reyes o para viejitos millonarios, sino para un par de hermanos jóvenes finlandeses y su mamá durante cualquier fin de semana.

La presentación de la noche le añadió un poco más a mi confusión y discurso mental. Desde el comienzo supimos que habría un receso pero no teníamos idea de qué iba a haber en la segunda parte. La noche arrancó con una versión corta de la primera parte del Lago de los Cisnes. Tutús, escarcha, vueltas en las puntitas de los pies, cuerpos que se ondean con suavidad mientras hacen posiciones corporales inimaginables: fue todo lo que las películas me han vendido. Tras 50 minutos de baile los bailarines y el coreógrafo se despidieron del público en medio de aplausos, como si nunca fueran a volver. Y efectivamente nunca volvieron: la segunda parte se dedicó a presentar lo que creo (no estoy totalmente segura, qué le vamos a hacer) que fue una crítica al concepto de cultura clásica que representa el Baile de los Cisnes. Todo estaba fríamente calculado: el combo de la noche incluía una parte icónica del ballet y otra crítica y actual.  Un grupo de artistas tomó el video de una conferencia de un filósofo francés y usó su estructura y palabras para reinterpretar lo que puede ser música y  baile, al tiempo que soltaban preguntas al público sobre qué es cultura, qué debe presentarse como identidad cultural, cuál debe ser la oferta artística que se presenta a una sociedad. El arte como agenda política, como perpetuación de una forma de identificarse, como manera de controlar los cuerpos y las expresiones de los artistas. Todo un sancocho conceptual y un diálogo que me tomó por sorpresa porque de entrada no conocía las formas artísticas que para los artistas, por supuesto, era algo muy familiar que debía discutirse.

Total, apenas estoy tímidamente descubriendo un mundo de baile y música y me doy cuenta que llego casi muy tarde porque, al menos en Dinamarca, los espacios más representativos de las artes escénicas ya discuten lo canónico y paralizante que puede ser para una sociedad (y su arte) poner en un altar inamovible piezas como el Lago de los Cisnes. Siento que tengo más tareas que nunca: entender qué es eso que está canonizado para luego actualizarme sobre las críticas que se le están haciendo. Y al mismo tiempo, seguirle la corriente a la salsa y la música guapachosa que vaya a salir este Diciembre en Colombia. Por ahora miraré qué está sonando en Olímpica Estéreo y qué fechas de ópera hay en Frankfurt para ir ahorita en la temporada navideña. A expandir horizontes, señoras y señores, que a eso fue que vinimos.

 

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